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El Número Trece


EL NÚMERO TRECE

Regresaba de mis compras aquella mañana, despreocupado e indiferente, sumido en mis sueños, o tal vez en algún pensamiento melancólico de esos que acaban por hacerte reír, aunque sólo sea para detener alguna lágrima; pues así andaba yo esa tarde de otoño, rebuscando la llave en el bolsillo del pantalón... ¿Tarde? Sinceramente ya no lo recuerdo, y yo creo que cualquiera comprendería que se me olvidase ese detalle si supiera todo lo que me ha pasado, cuánto he sufrido desde que comenzara esta terrible pesadilla que sabe Dios cuándo acabara... Volviendo al hilo de mi relato, me sorprendió aquel tipo que salía del portal justo cuando yo me disponía a abrir la puerta, llevaba puesto un raro uniforme con el logo de una conocida marca de refrescos norteamericana... Ah, no, no era para nada por la tarde, bueno, me refiero a que aún no había anochecido, aunque ya sabemos que anochece muy pronto en esta época del año, justo eso es lo que menos me gusta del otoño tardío. Como decía, a ese tipo no lo había visto en mi vida, y eso que llevo unos cuantos años residiendo en ese edificio de la avenida... Por supuesto, es muy posible que no viviera allí, claro que es raro que vaya vendiendo refrescos de casa en casa; no, no, refrescos no llevaba ninguno, sólo una carpeta que daba pena de verla... No entiendo cómo recuerdo tan bien estos detalles si apenas me fije en él, sólo lo suficiente para estar seguro que no vivía allí... ¡Ja, ja, ja, qué no vivía allí! En fin, ahora sé que seguramente sí que vivía allí, vamos, vivía y vive, digo yo. ¿Y yo, dónde vivo? ¡Ja, ja, ja, ja...! Perdón, pero si no le busco una interpretación "divertida" a todo esto, pienso que acabaría muriendome de miedo. Pues como digo, justo entraba yo cuando salía el subsodicho señor de los refrescos... La verdad es que yo no tomo refrescos para nada desde hace un montón de tiempo, mi doctora me lo tiene terminantemente prohibido desde que descubrieron... Bueno, eso es otra historia, y me gustaría ser lo más breve posible, conciso, directo, ir al grano de toda esta terrorífica experiencia que me ha marcado para el resto de mi vida... ¿Mi vida? ¡Oh, Dios, ya ni siquiera sé lo que eso significa! Lo siento muchísimo, necesito distraerme, darle la espalda a todo esto, escuchar algo gracioso, reírme y reírme hasta de mí mismo... Oh, no, de cualquier cosa menos de mí mismo, ojalá pudiera reírme ahora de mí mismo como siempre lo hice. Por cierto, que el tipo de la co... bueno, el de los refrescos, tenía una mala cara que yo diría que hacía años que no se reía. A este tipo de personas, ¿le dolerá la boca cuando sonría? Espero que a mí no termine ocurriéndome eso, porque las comisuras de los labios cada vez me pesan más, pobres labios míos siempre tan tristes y tan secos, bueno, ya sé que esto es por otra cosa, en cualquier caso no viene a cuento. ¿Pero qué demonios hacía ese extraño entrando donde no vive para vender refrescos con una carpeta sucia y cara de pocos amigos? Al final acabaré volviéndome loco, si es que ya no lo estoy. Como vivo en el primero, el primero segunda, que por lo menos esto parece que no cambia aunque el mundo se vuelva del revés; como vivo en el primero y mi doctora, que me tiene terminantemente prohibido tomar ningún tipo de refresco, café, comidas picantes y algunas cosas más... Mi doctora, tengo tantas cosas que agradecerle... ¿Podría confiarle a ella todo esto? Tal vez debiera hacerlo, pero claro, ya sé que cualquiera siempre acabaría pensando que he perdido el juicio por completo. Pues eso, mi doctora me aconsejó que hiciera un poco más de ejercicio, así que nada, a subir escaleras que a fin de cuentas son pocas para uno que vive en el primero segunda del número... del número que sea. Entré en el edificio con mi bolsita de compras, que los que vivimos solos no necesitamos demasiado, y puedo asegurar que en ese momento no vi nada extraño, nada de nada... Vamos, ya sentía ese gustito que te corre por dentro cuando estás a punto de aterrizar en tu hogar, dulce hogar; nos pasa hasta a los que vivimos solos... aunque seguro que más de uno piensa que tenemos más motivos para que nos pase. Todo normal, todo tranquilo, los veinte o treinta escalones que nunca se quejan por más que los pise... En ese momento no me podía creer que posiblemente no los hubiera pisado nunca hasta ese día. Pero fue en el portón de mi casa donde comprendí que algo no iba bien. Sí, era la puerta de mi casa, de mi apartamento, con ese bonito color caoba y su número dos limpio y reluciente por encima de su cabeza de madera. Pero el problema estaba en la ranura, sí, la ranura donde tengo que meter la llave para que la puerta se abra, porque la llave no sirve para nada sin su hembra donde encaje, es un juguete inútil. Bueno, volviendo al tema, la ranura en cuestión estaba dispuesta de forma horizontal, y yo sé perfectamente que siempre, siempre y siempre, la ranura de la puerta de mi casa lo está de forma vertical. Meto la llave, giro a la derecha y la puerta se abre, eso es lo que hago siempre con la ranura vertical que se encuentra en la puerta de mi casa. Pero esa ranura no era la ranura de mi casa, ¿cómo iba a serlo? Miré a la ranura una y otra vez, perplejo, y así me quedé durante unos buenos minutos hasta que me dije: "Jesús, abre la puerta de una puñetera vez que me estoy me..." Siempre me pasa, nada más llegar a casa ya me entran ganas, es que el cuerpo es una máquina muy lista pero lista de verdad. Pues allí estaba, más quieto que la esposa de Lot, y quizás por no convertirme en ella decidí seguir adelante, abrir la dichosa puerta y resolver todo ese misterio. ¡Ah, pero entonces se me abrió el cerebro, lo mismo que el Mar Rojo en su momento, para dar paso a las ideas! Ajajá, ahora comprendía, esa no era mi casa, me había confundido de edificio, en esta avenida todos los edificios son iguales y no es raro que pueda sucederle a cualquiera que sea un poco despistado. Yo vivo en el 17, y seguramente me había metido en el 15. Bueno, eso pensaba en ese momento, con la ilusión de que todo se resolviera de una forma tan simple y divertida... Pero el caso es que la puerta se abrió, me di cuenta de mi equivocación cuando ya estaba abriendo la puerta, y la puerta, sí, esa puerta de la ranura horizontal que parecía la puerta de mi casa, se abrió... Se abrió y chirrió de una forma que nunca en la vida lo había hecho la puerta de mi casa, de una forma quejumbrosa, impertinente y al mismo tiempo acusadora, como si me dijera: "Bien, tu me buscaste, pues aquí me tienes, súfreme..." Sí, sólo faltaba que encima fuera yo culpable de toda esta terrible pesadilla, que ojalá fuera eso, una pesadilla. Parecía que no había nadie en la casa, ya estaba temeroso de que saliera alguien con un cuchillo pensando que algún ladrón intentaba robarles. Pero no, allí estaba, pude divisarlo a través de la puerta entreabierta, el cubo azul con su fregona verde dentro, justo tal como lo había dejado antes de marchar. "Estoy en mi casa", me dije. Así que entré, más tranquilo, aunque todavía con mis dudas... Pero no, tantas coincidencias no podrían ser posibles, justo en la mesa del salón, a medio desenvolver, allí estaba aquello que me regalara Lidia por mi cumple; sólo Lidia podría regalarme algo así, pobrecita. Ah, hogar dulce hogar, que bien me sentía al verme y sentirme en mi casa, allí estaba la cocina, la terraza con su tendedero, el salón con la tele barata, el largo pasillo que lleva a los dormitorios, uno para mí y otro para quien venga, el pequeño cuarto de baño a mitad de pasillo, con su puerta abierta porque así la dejé para que el suelo se secará... Pero comprendí que algo no iba bien, lo sentía y lo presentía, no, esa no era exactamente mi casa; sí, era mi casa, pero algo había cambiado, lo notaba en el aire, parecía que mi cuerpo me dijera: "tú sigue engañándote si quieres, pero yo no he estado aquí en mi vida, te lo juro". Me fui directo al dormitorio, queria comprobar que todo estaba en orden, quería sentir de una vez por todas que estaba en mi casa, quitarme la ropa, relajarme, fumarme un cigarrillo, conectarme un rato aunque sólo sea para desconectarme... Abrí la puerta y entré despacio en el dormitorio, todo estaba en penumbras porque las persianas estaban echadas, pero aún así se podía entrever todo lo que había en ese cuarto bastante generoso como dormitorio individual. Allí estaban las cajas vacías que Lidia me había pedido para su mudanza, eso justo enfrente de la puerta del dormitorio; al otro lado una pequeña mesa con mi portátil, la mesilla de noche con su lámpara, el reproductor de CD's... Sí, todo tal como lo dejé cuando salí de casa para ir de compras, nada había cambiado, pero allí estaba mi cama, era mi cama, con su edredón de colores, era mi cama, o eso parecía... La visión que tuve en ese momento no la podré olvidar nunca aunque tuviera cien mil vidas, encima de la cama, descansando tranquilamente despues de una jornada de trabajo agotador, con esa camiseta negra llena de kanjis que tanto me gusta y el pantalón de chandall que siempre me pongo cuando estoy en casa, quieto, dormido, boca abajo... Sí, allí estaba "yo", "YO"... ¿Yo? Comenzó a moverse poco a poco sobre "mi cama" y vi que su cabeza hizo un indicio de quererse girar; seguramente se había dado cuenta que alguien había entrado en "su habitación". Fue justo esa idea de encarar allí a ese cuerpo que parecía el mío lo que más me impresionó y me hizo retroceder, no quisé ver esa cara en otro sitio que no fuera en el espejo; salí corriendo con la idea de no regresar nunca más a ese lugar, fuera o no fuera mi casa... No comprendía, pobre ingenuo, que todo aquello no había hecho más que empezar...

Continuará...


Jesús María Bustelo Acevedo


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2 comentarios

Zeus Zeus

Zeus dijo:

hola que tal yukio?. Veo que tines muchos gruppos ¿no?XD.
Quería invitarte a estar en el grupo "Los cabra". Todavía no hay nadie solo yo jeje. Bueno nos vemos, también te he invitado como amigo. Hasta luego!

más de 9 años


Zeus Zeus

Zeus dijo:

Ah! me olvidaba este es el grupo:
http://www.mi-web.org/grupos/829-los-cabra-solo-cabras

más de 9 años




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