Euroresidentes

Le convive des dernières fêtes (El convidado de las últimas fiestas) (parte1)


------------------------------------------------------------------------------------------------

A la señora Nina de Villard.

Lo desconocido es la parte del león.
FRANÇOIS ARAGO

La Estatua del Comendador puede venir a cenar con nosotros; ¡puede tendernos la mano! Se la estrecharemos. Quizás sea él quien tenga frío.

Una noche de carnaval del año 186..., C..., uno de mis amigos, y yo, por una circunstancia absolutamente debida a los azares del tedio «ardiente y vagos», estábamos solos en un palco, en el baile de la Ópera. Desde hacía algunos instantes admirábamos, entre el polvo, el tumultuoso mosaico de máscaras que aullaban bajo las arañas y se agitaban bajo la sabática batuta de Strauss. De golpe, se abrió la puerta del palco: tres damas, con un rumor de seda, se aproximaron por entre las pesadas sillas y, tras haberse despojado de sus máscaras, nos dijeron:

―¡Buenas noches!

Eran tres jóvenes de un encanto y una belleza excepcionales. Algunas veces las habíamos encontrado en el mundillo artístico de París. Se llamaban: Clío la Cendrée, Antonie Chantilly y Annah Jackson.

―¿Vienen ustedes aquí para esconderse, señoras? ―preguntó C... rogándoles que se sentasen.
―¡Oh! Pensábamos cenar solas, porque la gente de esta fiesta, tan horrible y aburrida, ha entristecido nuestra imaginación ―dijo Clío la Cendrée.
―¡Sí, ya nos íbamos cuando los hemos visto! ―dijo Antonie Chantilly.
―Así pues, vengan con nosotras, si no tienen nada mejor que hacer ―concluyó Annah Jackson.
―¡Luz y alegría!, ¡viva! ―respondió tranquilamente C...― ¿Tienen algo en contra de la Maison Dorée?
―¡En absoluto! ―dijo la deslumbrante Annah Jackson desplegando su abanico.
―Entonces, amigo ―continuó C... volviéndose hacia mí―, toma tu tarjeta, reserva el salón rojo y envía al criado de miss Jackson para que lleve el recado. Es, creo yo, lo más indicado, a menos que tengas algo organizado de antemano en tu casa.
―Señor ―me dijo miss Jackson―, si se sacrifican por nosotras llegando incluso hasta moverse, encontrarán a esa persona disfrazada de ave fénix ―o mosca― descansando cómodamente en el vestíbulo. Responde al transparente seudónimo de Baptiste o de Lapierre. ¿Tendrían esa amabilidad?; y vuelvan rápidamente para amarnos sin cesar.

Hacía unos momentos que yo no escuchaba a nadie. Observaba a un extranjero situado en un palco, frente al nuestro: un hombre de unos treinta y cinco o treinta y seis años, de una palidez oriental; tenía unos binóculos y me dirigía un saludo.

―¡Eh! ¡Ese es mi desconocido de Wiesbaden! ―me dije en voz baja, tras recordar un poco.

Como ese señor me había hecho, en Alemania, uno de esos pequeños favores que la costumbre permite intercambiar entre viajeros (creo que fue a propósito de unos cigarros que me recomendó en el salón), yo le devolví el saludo. Instantes después, en el vestíbulo, mientras buscaba al fénix en cuestión, vi venir hacia mí al extranjero. Al ser su saludo de lo más amable, me pareció de buena educación proponerle nuestra compañía en el caso de que estuviera muy solo en tal tumulto.

―¿Y a quién debo tener el honor de presentar a nuestra graciosa compañía? ―le pregunté, sonriendo, cuando hubo aceptado.
―Al barón Von H... ―me dijo―. Sin embargo, visto el aspecto despreocupado de esas señoritas, las dificultades de pronunciación y esta bella noche de carnaval, déjeme tomar, por una hora, otro nombre, el primero que se me ocurra ―añadió―: ya está... ―se echó a reír―: el barón Saturno, si le parece.

Esta rareza me sorprendió un poco, pero como se trataba de una locura general, así lo anuncié, fríamente, a nuestras elegantes, según la denominación mitológica a la que aceptaba reducirse. Tal fantasía las predispuso a su favor: quisieron creer que era un rey de Las mil y una noches que viajaba de incógnito. Clío la Cendrée, juntando las manos, mencionó incluso el nombre de un tal Jud, célebre entonces, una especie de criminal a quien diferentes asesinatos parece que habían hecho famoso y enriquecido excepcionalmente, y al que aún no habían capturado. Una vez intercambiados los cumplidos:

―¿Querría el barón cenar con nosotros, por una deseable simetría? ―pidió la siempre previsora Annah Jackson, entre dos irresistibles bostezos.
Él quiso resistirse.
―Susannah nos ha dicho esto como don Juan a la estatua del Comendador ―repliqué bromeando―: ¡estos Escoceses son de una solemnidad!
―¡Habría que proponer al señor Saturno que viniera a matar el Tiempo con nosotros! ―dijo C..., que, frío, deseaba invitarlo «de una manera formal».
―¡Lamento mucho rehusar! ―respondió el interlocutor―. Compadézcanme porque una circunstancia de un interés verdaderamente capital me ocupa, mañana, muy temprano.
―¿Un falso duelo?, ¿una variedad de vermouth? ―preguntó Clío la Cendrée poniendo mala cara.
―No, señora, un... encuentro, puesto que se ha dignado preguntar al respecto ―dijo el barón.
―¡Bueno! ¡Apuesto que es por alguna disputa de pasillo en la Ópera! ―exclamó la bella Annah Jackson―. Su sastre, envanecido por el corte de un traje militar, lo habrá tratado de artista o de demagogo. Querido señor, esas observaciones carecen de importancia: es extranjero, eso se nota.
―Lo soy un poco en todas partes, señora ―respondió el barón Saturno inclinándose.
―¡Vamos!, ¿se hace usted de rogar?
―¡Raramente, se lo aseguro!... ―murmuró el singular personaje, con un aire a la vez galante y equívoco.

C... y yo intercambiamos una mirada: no entendíamos nada: ¿qué quería decir este hombre? Sin embargo, esta distracción nos parecía bastante divertida. Pero como los niños que se encaprichan con aquello que se les niega:

―¡Nos pertenece hasta el amanecer! ―exclamó Antonie, y lo tomó del brazo.

Se rindió y abandonamos la sala. Había hecho falta todo ese ramillete de inconsecuencias para llegar a este final; íbamos a encontrarnos en una intimidad bastante relativa con un hombre del que desconocíamos todo, salvo que había jugado en el casino de Wiesbaden y que había estudiado los diferentes sabores de los cigarros de La Habana. ¡Qué importaba! ¿Lo más normal, hoy en día, no es dar la mano a todo el mundo? Ya en el bulevar, Clío la Cendrée se recostó, riendo, al fondo de la calesa y a su tigre mestizo, que la esperaba como un esclavo:

―¡A la Maison Dorée! ―le dijo.
Luego, inclinándose hacia mí:
―No conozco a su amigo: ¿quién es? Me intriga muchísimo. ¡Tiene una extraña mirada!
―¿Mi amigo? ―respondí―: apenas lo he visto dos veces, durante la temporada última en Alemania.
Me miró con aire sorprendido:
―¡Qué! ―añadí―, ¡viene a saludarnos a nuestro palco y ustedes lo invitan a cenar con la credencial de un baile de disfraces como única referencia! Aun admitiendo que hayan cometido una imprudencia digna de mil muertes, es ya un poco tarde para que se alarmen en lo tocante a nuestro convidado. Si los invitados están poco dispuestos mañana a continuar su amistad, se saludarán como la víspera: eso es todo. Una cena no significa nada. Nada hay más divertido que simular comprender ciertas artificiales
susceptibilidades.
―¡Cómo! ¿Pretende no conocer perfectamente a las personas? Y si fuera un...
―¿No le he dado su nombre?, ¿el barón Saturno? ¿Teme comprometerlo, señorita? ―añadí con un tono severo.
―¡Sabes, eres un hombre intolerable!
―No tiene el tipo de un griego: por lo tanto nuestra aventura es bien simple. ¡Un millonario divertido! ¿No es lo ideal?
―Me parece bien, este señor Saturno ―dijo C...
―Y, al menos en época de carnaval, un hombre muy rico tiene siempre derecho a la estimación ―concluyó, con voz calmada, la bella Susannah.

Los caballos se pusieron en marcha: la pesada carroza del extranjero nos siguió. Antonie Chantilly (más conocida por su nombre de guerra, un poco empalagoso, de Isolda) había aceptado su misteriosa compañía. Una vez instalados en el salón rojo, rogamos a Joseph que no dejase entrar allí a ningún ser viviente, exceptuando a las ostras, a él, Joseph, y a nuestro ilustre amigo, el fantástico pequeño doctor Florian Les Eglisottes, si, por casualidad, venía a tomar su proverbial ración de cangrejos. Un ardiente leño se consumía en la chimenea. A nuestro alrededor se extendían insulsos olores de telas, de pieles abandonadas, de flores de invierno. Las luces de los candelabros abrazaban, en una consola, las plateadas cubetas en las que se helaba el triste vino de Aï. Las camelias, cuyos troncos se hinchaban en el extremo de sus tallos de latón, sobresalían de los jarrones colocados en la mesa. Fuera, caía una lluvia tenue y fina, mezclada con nieve; una noche glacial; ruido de coches, gritos de máscaras, la salida de la Ópera. Eran las alucinaciones de Gavarni, de Deveria, de Gustave Doré. Para apagar esos ruidos, los cortinones estaban cuidadosamente echados ante las cerradas ventanas.

Así pues, los convidados eran el barón sajón Von H..., el rubio y ensortijado C... y yo; además de Annah Jackson, la Cendrée y Antonie. Durante la cena, animada con brillantes locuras, me abandoné, muy lentamente, a mi inocente manía de observación y, debo decirlo, no fue sin que muy pronto me diese cuenta de que mi conocido merecía toda mi atención. ¡No, no era un frívolo, nuestro circunstancial invitado!... Sus rasgos y su apostura no carecían de esa conveniente distinción que nos hace tolerar a las personas: su acento no era molesto como el de algunos extranjeros ―únicamente, su palidez cobraba, por momentos, unos tonos particularmente descoloridos, e incluso macilentos―; sus labios eran más delgados que una pincelada; siempre tenía el ceño un poco fruncido, incluso cuando sonreía. Advirtiendo estos detalles y algunos otros, con esa inconsciente atención de la que algunos escritores están dotados, lamenté haberlo introducido tan a la ligera en nuestra compañía y me prometí borrarlo, al amanecer, de nuestra lista de amigos. Hablo de C... y de mí, naturalmente; porque el buen azar que nos había traído, esa noche, a nuestras huéspedes femeninas, se las volvería a llevar, como a fantasmas, al finalizar la noche.

Y además el extranjero no tardó en cautivar nuestra atención por una especial rareza. Su charla, sin estar fuera de lugar por el valor intrínseco de sus ideas, nos mantenía alerta por un sobreentendido muy vago que el sonido de su voz parecía deslizar intencionadamente. Este detalle nos sorprendía tanto más cuanto que nos era imposible, al examinar lo que él decía, descubrir otro sentido que no fuera el de una frase banal. Y dos o tres veces nos hizo estremecer, a C... y a mí, por la forma en que subrayaba las palabras y por la impresión de ocultas intenciones, totalmente imprecisas, que ellas nos producían. De repente, en medio de una carcajada, debida a alguna broma de Clío la Cendrée ―¡que era, realmente, divertida!― tuve la oscura impresión de haber visto a este caballero en una circunstancia muy diferente que la de Wiesbaden.

En efecto, esa cara tenía unos rasgos inolvidables, y sus ojos, al parpadear, mostraban en su rostro la idea de una luz interior. ¿Cuál era esa circunstancia? En vano me esforzaba por concretarla en mi mente. ¿Cedería a la tentación de enunciar las confusas nociones que despertaba en mí? Eran las de un acontecimiento semejante a los que se ven en los sueños. ¿Dónde podía haber ocurrido? ¿Cómo armonizar mis habituales recuerdos con esas intensas y lejanas ideas de crimen, de silencio profundo, de bruma, de rostros espantados, de antorchas y de sangre, que surgían en mi conciencia, con una insoportable sensación de realismo, a la vista de este personaje?

―¡Ah! ―balbucí por lo bajo―. ¿Estaré alucinando esta noche?

Bebí un vaso de champagne. Las ondas sonoras del sistema nervioso tienen esas misteriosas vibraciones. Ensordecen, por así decirlo, con la diversidad de sus ecos, el análisis del golpe inicial que las ha producido. La memoria distingue el medio ambiente del hecho en sí, y el hecho mismo se sumerge en esa sensación general, hasta permanecer tercamente indiscernible. Ocurre con esto como con esos rostros antaño familiares que, vistos de nuevo de improviso, turban, con una tumultuosa evocación de impresiones todavía dormidas, y que entonces es imposible nombrar. Pero los altivos modales, la amena reserva, la extraña dignidad del desconocido ―especie de velo que cubre seguramente la sombría realidad de su naturaleza―, me indujeron a considerar (por el momento, al menos) esa comparación como imaginaria, como una especie de perversión visual nacida de la fiebre y de la noche.

Decidí poner buena cara al festín, según mi deber y mi placer. Nos levantamos de la mesa jovialmente, y las carcajadas se mezclaron con las melodías tocadas al azar, en el piano, por unos dedos ligeros. Olvidé, pues, todas mis preocupaciones. Muy pronto hubo destellos de ingenio, ligeras declaraciones, besos vagos (parecidos al ruido de esos pétalos de flor que las bellas distraídas hacen chasquear entre las palmas de sus manos), hubo fuegos de sonrisas y de diamantes: la magia de los profundos espejos reflejaba silenciosamente, hasta el infinito, en largas filas azuláceas, las luces y los gestos.

C... y yo nos abandonamos al ensueño a través de la conversación Los objetos se transfiguran según el magnetismo de las personas que se les acercan, sin tener otro significado, para cada uno, que el que cada cual pueda prestarle. Así, lo moderno de esos dorados violentos, de esos muebles pesados y de esos cristales lisos era rechazado por la mirada de mi lírico amigo C... y por la mía. Para nosotros, esos candelabros eran necesariamente de oro puro, y sus cincelados estaban firmados por un auténtico Quinze-Vingt, orfebre de nacimiento. Realmente, esos muebles sólo podían provenir de un tapicero luterano que se había vuelto loco a causa de sus terrores religiosos, reinando Luis XIII. ¿De quién vendrían estos cristales sino de un vidriero de Praga, depravado por algún amor pentesileo? Los cortinones de Damasco eran aquellas antiguas púrpuras, encontradas finalmente en Herculano, en el cofre de las velaria sagradas de los templos de Esculapio o de Palas. La crudeza, verdaderamente singular, del tejido se explicaba, si acaso, por la acción corrosiva de la tierra y de la lava, y ―¡preciosa imperfección!―, lo hacía único en el mundo. En cuanto a la mantelería, nuestra alma conservaba una duda sobre su origen.

------------------------------------------------------------------------------------------------


Sigue_miweb_twitter

Thumb_up +0 / -0 Thumb_down
más de 9 años | 1461 visitas

2 comentarios

jaby jaby

jaby dijo:

hola como estas???

más de 9 años


anacronico anacr...

anacronico respondió:

¿Bien y tu? ^3^

más de 9 años




Para poder dejar tu comentario debes estar identificado

Mis estadísticas

  • 25 mensajes
  • 54 fotos
  • 49 vídeos
  • 65 MP3
  • 53 textos
  • 44 frases
  • 214 comentarios

App Tarot Euroresidentes

Ico_app_tarot

¡Ahora gratis para iPhone/iPad y Android!

App_store

Android_market


Postales gratis

Link_postales

Envía postales gratis a tus amigos, para felicitar su cumpleaños, postales de amor...

Regalos virtuales gratis

Link_regalos

Envía regalos virtuales gratis a todos tus amigos, tenemos regalos románticos, regalos tecnológicos, regalos para los golosos...

Tarot gratis

Link_tarot

¿Quieres conocer tu futuro? Visita a nuestra pitonisa y elige 3 cartas...