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El eterno viajero


Se podría decir que su vida fue una aventura.

En los últimos quince años se había mudado trece veces, un continuo ir y venir que incluyó vivir en cuatro ciudades distintas, sin contar los cientos de noches de hoteles y las muchísimas ciudades dentro y fuera del país que conocieron de sus pasos.

En cuanto al trabajo, desempeñó sus actividades, en el mismo período, en seis diferentes ocupaciones.

Tuvo siete autos distintos y cambió tres veces de esposa, y esto sin contar un centenar de mujeres más que, esporádicamente, conocieron de su piel.

Se había caído mil veces y se había vuelto a levantar, cumpliendo con su eterna costumbre de ir y volver del cielo al infierno sin escalas.

De pronto despertó en la estación, viajaba solo y sin equipaje; hacía tiempo se había deshecho de él ya que se hace muy difícil vivir viajando con muchas cosas.

Lleno de anécdotas y recuerdos, sus ojos se veían cansados, tal vez por haberse despertado recién o quizás por ese afán que a veces le surgía de jugar a un cambio de roles entre sus sueños, donde sonreía, era amado, y compartía el tiempo con sus amigos y esta realidad de vivir viajando, siempre solo, siempre lejos, siempre cambiando.

Miró a su alrededor y vio gente que se apresuraba para abordar ese tren que acababa de arribar. Pudo ver que todos, en conjunto, conformaban una miscelánea no extraña a sus ojos, acostumbrados a partir, a participar de este ritual de eternas despedidas.

Había gente que viajaba acompañada y otras personas a las que, como a él, se les notaba que simplemente viajaban, en silencio, algunos ilusionados, con amplias sonrisas en sus rostros y otros mostrando similares signos de cansancio.

Miró la hora, pero su reloj se había detenido, hizo una mueca, pensó que tal vez se había sumado al cansancio de marcar las horas sin sentido. Las horas de ir y venir, las interminables horas de esperar.

Levantó las solapas de su sobretodo, sentía algo de frío.

Mientras, en el andén, el tren había partido y alguna que otra persona, ignorando su presencia, esperaba como él, aunque tal vez y a diferencia, estas personas sabían que esperar, sabían donde ir.

Entonces recordó algo, buscó su pasaje, y en el bolsillo interior derecho de su saco lo encontró.

Era un pasaje gris, ajado y sin color. En ese momento pensó que cualquier coincidencia de ese boleto con su vida era pura casualidad, tal vez una simple jugada de su viva imaginación.

Lo miró...

El pasaje era abierto, no tenía ni fecha ni horario, pero lo que más lo alarmó es que tampoco tenía destino, era un pasaje que no decía hacia donde ir.

Trató de hacer memoria, y finalmente entendió...
No hay destino para quien no es esperado, no hay destino para quien sobra, para quien está demás, no hay destino para quien siempre ha estado viajando y se olvidó de anclar, de echar raíces, de vivir.

No hay apuro entonces, se dijo en voz baja mientras sonreía, esto es lo bueno de ser dueño de tu tiempo, agregó, y acomodándose en el asiento de la sala de espera volvió a cerrar sus ojos deseando dormirse para despertar en un sueño, en uno de esos sueños que lo visitaban cuando se entregaba a ellos; en uno de esos sueños donde el destino era claro, donde su pasaje lo llevaba a un lugar, un lugar especial donde era esperado.

En la estación se escucharon ruidos, probablemente la gente se apresuraba para subirse a otro tren que estaba llegando, pero él no quiso abrir sus ojos, estaba cansado, no era su tren, no era su viaje, no era su problema.

Mientras, acurrucado cuanto podía y con sus manos en los bolsillos, solo deseó que esa gente que se apuraba a viajar supiera donde ir, que no hicieran como él que simplemente viajó y viajó, hasta que su vida se convirtió en eso, en un viaje recurrente, sin destino, sin final.

Antes de quedarse dormido, el viajero dejó escapar un bostezo como testimonio mudo de su cansancio, de su tedio sin final.

Los ruidos se habían calmado, seguro el nuevo tren se había ido y ahora podría dormir, en definitiva ese pasaje vitalicio servía para cualquier viaje a cualquier lugar en cualquier momento, así que podría tomar el próximo tren, o el otro, o el otro...

La gente que pasaba lo vio como alguien más que dormía en la estación.

Nadie entendió que durmiendo era feliz ya que el hundirse plácidamente en sus sueños era lo único que lograba despertarlo en otra realidad.

Y allí quedó, consigo mismo como siempre estaba, solo sé que así se veía feliz aunque nadie supo si realmente lo era o esa máscara casi sonriente demostraba algo que no existía.

Nadie lo supo, tal vez y en definitiva, tampoco a nadie le interesó...

Juan Leandro Alzugaray


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