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La Ecuación no Pensada


El ser humano, de alguna manera, pasa casi su existencia completa buscando el sosiego, la paz, la calma. Desde las antiguas enseñanzas se ha repetido una máxima que dice “no hay nada que pague un instante de paz”.
Todos los seres, todas las almas, tiene ese profundo y sagrado impulso que los conduce a la experiencia enriquecedora de encontrar el sosiego. Pero es difícil que el Yo profundo de cada ser pueda encontrar ese instante de calma absoluta en el entorno en que se encuentra.
Si en la mente hay intranquilidad, desorden y caos, el ser físico podrá tratar, de alguna forma, llegar a ese lugar secreto dentro de sí mismo, pero sin lograrlo, experimentando el vacío y la insatisfacción.
La calma es una de las grandes riquezas del alma humana y, en la medida que está más sosegada, la mente está más clara, más lúcida, con una visión más ajustada a la realidad, y esa calma, esa paz, se transforma en compasión. El sentimiento de soledad que abate el alma, crea una fisura en el ente material, alterando sus capacidades para amar y ser compasivo.
Si hubiera una prioridad en cada ser, antes de cumplir con sus propósitos y misiones, debería ser la búsqueda del sosiego, esa energía de calma profunda y de quietud inmensa.
Hay un lenguaje que pocos saben expresar, es el lenguaje del alma, el lenguaje del silencio interior, el lenguaje de la mente serena. Cada ser humano debería aprender este lenguaje de manera que los otros seres, al escucharlo, adquieran automáticamente un estado de paz y calma, contagiándose de la compasión y la práctica del amor.
Este nuevo ser que aflora en cada humano, en este tiempo, es un ser que borra, de sus registros, la incapacidad de amar, el desasosiego y la desdicha. Ya tarde, en sus instantes últimos, antes de dejar el cuerpo físico, el ser comprende que mucho antes debió buscar su punto de quietud dentro de la inquietud.
En el tornado de emociones que es la existencia misma, el ser debe buscar la relación con los otros seres, desde esa esfera de calma profunda y de bienestar.
El fuego se ilumina a sí mismo en su ardor y en su voluptuosidad, pero también ilumina su entorno. Si cada alma encendiera su fuego desde la compasión y el amor, podría convertirse en la lámpara de aquellos que aún recorren sus senderos en la oscuridad.
Ser desde el equilibrio, desde la ecuanimidad, desde la serenidad, desde la lucidez, cambiando, abriendo las puertas interiores hacia el exterior de las propias frustraciones y proyecciones que no están en el ser mismo, sino en sus limitaciones y ambigüedades.
El fraude y la mentira que la mente le hace creer al ser, lo aleja de la conciencia, atándolo y obsesionándolo, esclavizándolo en la angustia, estando donde no debería estar, siendo lo que no debería ser. Cruzando, en la noche más oscura, la inmensa planicie de la conciencia, sintiendo sed y hambre, como si se tratara de una existencia solitaria y desértica, solo puede oírse la voz del alma, gimiendo por agua, pidiendo que en algún punto aparezca quien pueda rescatarla.
Se debe aprender a vivir en lo que “es”, y no en lo que debería ser. Ese preciado “aquí y ahora” es el que evita caer en la frustración de lo que no sucedió ni nunca sucederá. El miedo a perder, el miedo a la separación, el miedo a no estar en ese instante que es una ensoñación y no una realidad.
El ser debe aprender que sus ataduras son su liberación, que la indiferencia es la diferencia, que lo inmutable puede ser lo que mueva la actitud, que la zozobra puede ser su calma. Solo debe poder diferenciar, en la mente conflictiva, ese punto de insania del cual se debe volver y nunca retomar el camino.
Permítanse fluir, encontrando los puntos de menor resistencia, manteniendo las aguas del alma, siempre puras y cristalinas.
El sufrimiento exterior existe, también existen las perturbadoras aguas de los ríos sin calma, pero el alma es el escenario donde todo sucede, la construcción y la destrucción.
La noche angustiosa no sería, no existiría si el ser lograra dominar esa relación tormentosa con su mente. Aceptando que el amor es el único mediador entre la conciencia y el alma.
No basta con nombrar a la luz para que la lámpara se encienda, es necesario encenderla.
Ź⁴


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